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El día que Colombia venció al fantasma de la apatía

Por: Franky Vega Murcia

Opinión

Por años, una sombra pesada recorrió los rincones de nuestro país, repitiendo como una maldición gitana que en Colombia el verdadero ganador siempre era el silencio. “Aquí gana la abstención”, decíamos con resignación. Pero este domingo 21 de junio, la historia escrita en piedra se rompió en mil pedazos. Más allá de los nombres de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, y de esos 250 mil votos que inclinaron la balanza, lo que verdaderamente se respiró en las calles fue una fiesta de libertad: el triunfo absoluto de nuestra democracia.

Nunca antes, desde que la Constitución de 1991 rediseñó nuestro mapa civil, los colegios y plazas públicas habían visto semejante marea humana. De los más de 41 millones de ciudadanos llamados a las urnas, un ejército pacífico de 26.345.364 colombianos salió a reclamar su derecho al futuro. Alcanzamos una participación histórica del 63,60%, pulverizando el fantasma del abstencionismo, que se desplomó al nivel más bajo de nuestra memoria reciente: un 36,40%.

Para entender la magnitud del hito, hay que mirar hacia atrás. Ni el entusiasmo de las elecciones de 1998 (58,23%) ni la efervescencia de 2022 (58,09%) lograron lo que este domingo se consolidó. El país entendió, de golpe y con madurez, que los destinos de la patria no se deciden viendo la vida pasar desde la comodidad de un sillón, sino con el bolígrafo en la mano y la convicción en el pecho.

Una final de infarto en la historia republicana, fue lo que tuvimos el domingo, esta elección no solo rompió récords de asistencia, sino que entró directo al libro de las grandes gestas de infarto del país. Para encontrar un antecedente tan reñido, la memoria nos obliga a viajar hasta 1994, cuando la segunda vuelta se estrenaba bajo la nueva Constitución. En aquel año, Ernesto Samper y Andrés Pastrana protagonizaron una batalla milimétrica que se definió por apenas 156.585 votos de diferencia.

Sin embargo, lo ocurrido este domingo reconfigura la historia: aunque en 1994 la brecha en votos físicos fue menor debido a que el censo electoral de la época era mucho más pequeño, la distancia porcentual de hoy es la más estrecha y asfixiante de la era contemporánea. Nunca antes el país había estado tan partido matemáticamente en las urnas, elevando la tensión y la importancia de cada tarjeteo depositado.

El latido indomable de la tierra opita, se hizo sentir, pues en este despertar nacional, el Huila no se quedó atrás; latió con una fuerza descomunal. Nuestro departamento superó la media del país con un 64,28% de asistencia a las urnas, demostrando que los huilenses entendían perfectamente la gravedad y la belleza del momento histórico.

Y en el corazón del sur, Pitalito se viste de gala. Los laboyanos dieron una auténtica cátedra de civismo al rozar el 67% de participación de su censo electoral. De 108.530 almas habilitadas, 73.141 salieron a dejar su huella. Un rugido democrático sin precedentes en la historia del municipio.

Las urnas laboyanas hablaron con claridad: cerca de 43 mil votos respaldaron el proyecto de Abelardo de la Espriella, mientras que unas 28.500 voluntades cobijaron a Iván Cepeda. En la práctica, un contundente 60% frente a un 40% que consolidó al hoy presidente electo en tierras sureñas. Pero lo más hermoso fue el crecimiento entre vueltas: ambos candidatos lograron despertar nuevos corazones, sumando 8.397 nuevos electores para De la Espriella y 6.571 para Cepeda. La ciudadanía se movilizó como nunca antes.

Más allá de las cifras podemos decir que, Pitalito no solo cumplió, sino que se convirtió en el gran bastión de la jornada en el Huila, logrando una diferencia numérica de 14.415 votos entre ambos contendientes. Una brecha superior a la de capitales y centros urbanos más grandes como Neiva, Garzón y La Plata. Es verdad que pueblos hermanos como Timaná, Oporapa, Suaza y Elías el porcentaje a favor del ganador fue arrollador, llegando a triplicar a la oposición, pero la masa crítica y el peso numérico de Pitalito marcaron el norte del departamento.

Al final del día, cuando las urnas se cierran y la tinta se seca, queda la gran lección. Los mandatarios cumplen sus periodos, las ideologías mutan y las caras cambian. Lo único que verdaderamente madura y permanece es el tejido social de una comunidad que aprendió a debatir sin destruir, y a decidir su propio destino. Celebremos que recuperamos la fe en el voto como la herramienta más poderosa de transformación social.

El camino que se abre para el nuevo gobernante es empinado. Ganar por un margen tan estrecho a nivel nacional nos dibuja un país fragmentado en ilusiones y temores distintos, que evoca fantasmas de polarización del pasado. El mandato de las urnas no es un cheque en blanco para gobernar solo para una mitad. El verdadero arte de la política que ahora se le exige al presidente electo consiste en tejer lazos, derribar muros y transformar la victoria de una campaña en la reconciliación de todo un pueblo.

Hoy las banderas políticas pueden descansar. Colombia se mira al espejo con orgullo porque ha escrito una página dorada en su historia. El 21 de junio no pertenece a un partido; pertenece a la gente. Ganó la voz, ganó la ciudadanía y, por encima de todo, ganó la democracia.

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