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​La mistela huilense: la bebida de las abuelas que nació en las fiestas sampedrinas

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En medio de la temporada sampedrina, cuando en el Huila vuelven a aparecer el asado, los tamales, la rajaleña y el sanjuanero como parte de las celebraciones tradicionales, también reaparece una bebida que durante años acompañó las reuniones familiares de junio y que hoy intenta mantenerse vigente entre las nuevas generaciones. Se trata de la mistela, una preparación casera elaborada con hierbas aromáticas, anís, dulce de caña y aguardiente, que durante décadas fue parte de la hospitalidad en las casas huilenses durante las festividades de San Juan y San Pedro.

Carlos Trujillo, quien ha ocupado cargos públicos. aprendió a prepararla siendo adolescente de manos de su abuela Patrocinia Escobar, sostiene que la mistela no solo es una bebida de temporada, sino una expresión de memoria familiar y de tradición regional. “La mistela es tradición, la mistela es Huila. Va en nuestra idiosincrasia”, afirmó al recordar el lugar que esta preparación ocupaba en las casas huilenses, donde era servida para recibir a familiares, amigos y visitantes junto al bizcochuelo durante las celebraciones de mitad de año.

Su relato sitúa a la mistela en una época en la que la cocina y las festividades estaban estrechamente ligadas. Según explicó, era una bebida que las abuelas preparaban con anticipación para tenerla lista durante las fiestas de junio, en jornadas que implicaban cocinar, destilar, colar y mezclar distintos ingredientes. Más que una receta rápida, se trataba de una elaboración pausada, hecha con tiempo, conocimiento y repetición, como parte de un ritual doméstico que se repetía cada año.

Trujillo recordó que en su caso la tradición comenzó a los 14 años, cuando su abuela le enseñó el proceso y lo vinculó a una costumbre que se mantenía viva en la familia. “Mi abuela me enseñó a hacerla desde esa edad y de ahí para acá hemos seguido esa tradición de hacerla año a año”, señaló. Desde entonces, asegura, la preparación se ha convertido en una forma de conservar una práctica que durante mucho tiempo estuvo asociada a la llegada de junio en el departamento.

La base de la mistela, explicó, está en dos hierbas que considera fundamentales dentro de la receta tradicional, la mejorana y la hierbabuena. A ellas se suma el anís, además del dulce de caña y el aguardiente. El procedimiento, según contó, empieza con la cocción de las hierbas y del anís por separado, en un proceso de destilación y purificación que luego da paso a la mezcla final. “Se cocina, se destila en grandes cantidades una o la otra. También se cocina el anís. Esa destilación que se hace tanto de la mejorana como de la hierbabuena se mantiene y se endulza con el sabor del dulce de la caña”, explicó.

A esa base aromática se incorpora luego el aguardiente, ingrediente que, en sus palabras, también hace parte del sello de esta bebida. El resultado no está listo de inmediato. La preparación necesita reposo para que los componentes se integren y el sabor adquiera la intensidad esperada. “Dura unos días, una semana, para que quede no solamente bien mezclada, sino que tenga una buena saturación tanto en el sabor como en el olor”, relató.

Para Trujillo, en ese proceso no solo se mezclan ingredientes, sino también referencias del entorno rural y de la cocina tradicional huilense. En su visión, la mistela recoge elementos del campo y de la relación cotidiana con las hierbas aromáticas y medicinales. “Viene cargada de naturaleza, de lo que significa el campo, porque lleva hierbas medicinales y aromáticas”, señaló, al describir una bebida en la que el olor de la mejorana, la hierbabuena y el anís termina siendo tan importante como el sabor.

La preparación, según recordó, comenzaba desde finales de mayo. Su abuela, contó, iniciaba con suficiente anticipación el cocimiento y la filtración de los ingredientes para que la bebida estuviera lista en la segunda semana de junio, justo cuando arrancaban con fuerza las celebraciones de San Juan y San Pedro. “Decía mi abuela que la preparaban finalizando mayo para tenerla lista y comenzar a degustarla en junio”, relató, al ubicar la bebida dentro del calendario festivo tradicional del Huila.

En ese contexto, la mistela era una bebida ligada a la reunión y al recibimiento. No se trataba únicamente de una preparación para el consumo familiar, sino de un elemento presente en las visitas y encuentros propios de la temporada. Trujillo la recordó como “esa bebida con la que se recibía a los amigos y a la familia junto al bizcochuelo”, una imagen que la conecta con la hospitalidad doméstica y con la forma en que muchas casas huilenses vivían las fiestas sampedrinas.

Sin embargo, esa presencia ya no es la misma. Trujillo advirtió que la tradición ha perdido fuerza entre los más jóvenes y que, con el paso de los años, la mistela ha dejado de ocupar el lugar que alguna vez tuvo dentro de las celebraciones. “Muchos de nuestros jóvenes se preguntan qué es la mistela. No saben, esa nueva generación no sabe qué es”, afirmó. Según contó, en los últimos días ha recibido llamadas y visitas de personas interesadas en conocer la bebida, lo que, a su juicio, refleja tanto la curiosidad por recuperarla como el desconocimiento que existe hoy alrededor de ella.

En esos encuentros, dijo, la explicación suele terminar en una degustación. La mejor manera de presentar la bebida, sostuvo, sigue siendo abrir una botella y dejar que hablen sus aromas. “Nos ha tocado explicarles, darles a probar, darles a degustar, y ahí es donde al destapar una botella encuentran también la tradición, el olor a anís, el olor a la mejorana, el olor a la hierbabuena”, expresó. Para él, la experiencia sensorial sigue siendo la puerta de entrada a una costumbre que no siempre puede entenderse solo desde la descripción.

Esa defensa de la mistela como parte del patrimonio cultural cotidiano del Huila es la que lo lleva a insistir en su permanencia. En su visión, la bebida tiene un lugar similar al de otros referentes de la cocina y la cultura regional. “La mistela es tan tradicional como el tamal huilense, como el asado, como nuestra rajaleña, como nuestro Sanjuanero”, afirmó. Su planteamiento no apunta únicamente a la receta, sino al valor simbólico que esta preparación conserva dentro de la memoria de las fiestas.

En el mercado, de acuerdo con lo explicado por Trujillo, una media botella de mistela puede costar en promedio 20.000 pesos, aunque el precio puede variar según quien la prepare y la comercialice. Aun así, su circulación sigue siendo principalmente artesanal y de temporada, ligada más a la elaboración casera y a la tradición familiar que a una producción masiva.