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Cuando la tierra se mueve

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

Hay momentos en los que la rutina se detiene en cuestión de segundos. Basta con que una ventana tiemble, una lámpara se mueva o el piso deje de sentirse firme para recordar algo que normalmente olvidamos: vivimos sobre un planeta en movimiento.

El 10 de agosto, esa realidad volvió a sentirse en Colombia. Un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en inmediaciones de San José del Palmar, Chocó, se sintió en el territorio nacional y puso sobre la mesa una realidad que conocemos, pero pocas veces tenemos presente: Colombia es un país sísmicamente activo.

El Servicio Geológico Colombiano lo identificó como el sismo de mayor magnitud registrado en el país durante la última década.

No soy geólogo ni especialista en sismología. Escribo desde la curiosidad de quien, como muchos colombianos, quiso entender mejor lo ocurrido y comprender un fenómeno que nos impresiona cuando lo sentimos. Mi propósito es acercar esa explicación al lector con un lenguaje claro, sin perder el rigor que el tema amerita.

La palabra adecuada para referirnos al fenómeno es sismo. Es el término general para describir un movimiento repentino de la tierra. Cuando alcanza gran magnitud y produce efectos importantes, en el lenguaje cotidiano solemos hablar de terremoto.

No son dos fenómenos diferentes: terremoto es una manera habitual de referirse a un sismo fuerte.
La parte externa y rígida de la Tierra está dividida en enormes bloques de roca llamados placas tectónicas, que se desplazan muy lentamente.

Colombia se encuentra en una zona donde interactúan, entre otras, las placas de Nazca, Sudamericana y Caribe.

Las placas se mueven lentamente y ese movimiento hace que las rocas acumulen tensión. Cuando la presión es demasiado fuerte, las rocas se rompen o se mueven de repente y liberan la energía acumulada. Esa energía se desplaza por la tierra en forma de ondas y es lo que sentimos cuando tiembla
Por eso los sismos no tienen calendario.

Colombia registra numerosos movimientos cada año, aunque la mayoría son pequeños. Un evento de magnitud 7,4 es mucho menos frecuente. La ciencia puede estudiar las fallas, pero no predecir con exactitud el próximo gran movimiento.

La historia de Colombia demuestra que hemos vivido eventos mayores. El 12 de diciembre de 1979, un sismo de magnitud 8,1 afectó la costa Pacífica y generó un tsunami.

El 31 de enero de 1906 ocurrió frente a esa costa el mayor terremoto registrado instrumentalmente que ha afectado a Colombia: magnitud 8,8.

También aprendí que la magnitud de un sismo no determina por sí sola los daños. Las consecuencias para las personas y las comunidades dependen también de qué tan profundo ocurrió, qué tan lejos está el lugar del epicentro, cómo es el terreno y qué tan resistentes son las construcciones.

Y aunque entender lo ocurrido nos ayuda a dimensionar el fenómeno, no podemos perder de vista a quienes lo vivieron de manera más difícil. Mi solidaridad está con las personas afectadas y con las familias que hoy enfrentan las consecuencias de este sismo. Para ellas, este no es un asunto de magnitudes o cifras, sino una experiencia que puede dejar miedo, pérdidas y mucha incertidumbre.

No podemos detener las placas tectónicas ni saber con exactitud cuándo llegará el próximo gran movimiento. Pero sí podemos conocer mejor nuestro territorio, construir mejor, tener protocolos claros y aprender cómo actuar.

Entender lo ocurrido el 10 de agosto no elimina el riesgo, pero puede ayudarnos a enfrentarlo mejor. La tierra se mueve más de lo que alcanzamos a sentir. Y cuando vuelve a recordárnoslo, estar preparados no es una opción: es una responsabilidad.

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