Por: Franky Vega Murcia
Opinión
Hay tragedias frente a las cuales las diferencias políticas deberían guardar silencio. Cuando la tierra se estremece, cuando una familia pierde a uno de los suyos, cuando una vivienda se convierte en escombros y cuando cientos de colombianos buscan desesperadamente a sus seres queridos, no hay izquierda ni derecha, no hay gobierno ni oposición: hay seres humanos que necesitan ayuda.
El terremoto del pasado lunes 10 de agosto volvió a recordarnos, con una crudeza devastadora, que la naturaleza no consulta ideologías. Un sismo de magnitud 7,4 sacudió buena parte del territorio nacional y dejó una estela de muerte, heridos, destrucción y angustia. Los balances conocidos este miércoles hablan ya de al menos 250 personas fallecidas y cientos de heridos, aunque las cifras pueden seguir aumentando mientras avanzan las labores de rescate y verificación.
Son cifras que duelen. Detrás de cada número hay un nombre, un padre, una madre, un hijo, un hermano, un amigo. Hay familias que hoy están llorando y otras que todavía esperan, con el corazón suspendido, noticias de quienes no han podido localizar. Y precisamente por eso quiero comenzar esta columna haciendo algo que considero justo: reconocer al nuevo Gobierno nacional por la manera como ha decidido enfrentar esta emergencia.
Apenas iniciado el nuevo mandato, el país enfrentó una de las primeras y más difíciles pruebas que puede recibir un Gobierno: responder ante una tragedia natural de enormes proporciones. Y allí es donde se mide el verdadero liderazgo, no en los discursos, no en las redes sociales, no en las fotografías; Se mide cuando hay que tomar decisiones difíciles, movilizar instituciones, llegar a los territorios, coordinar ministros, escuchar a las comunidades y decirle a una familia que acaba de perderlo todo: “No están solos”.
Eso es precisamente lo que Colombia necesita hoy, un Gobierno que esté presente, un Gobierno que llegue a los territorios, un Gobierno que mire a las víctimas a los ojos, un Gobierno que no convierta el dolor nacional en una disputa política.
La presencia del Presidente Abelardo de la Espriella, de la primera dama Ana Lucia Pineda y del equipo ministerial en cabeza del ministro del Interior Rodrigo Lara Restrepo, en la coordinación de la respuesta constituye, a mi juicio, una señal política y humana que merece ser reconocida. En momentos como este, la institucionalidad debe demostrar que tiene rostro, corazón y capacidad de reacción.
Y hay algo todavía más importante: la tragedia no termina cuando dejan de moverse las estructuras, después del rescate vendrá la reconstrucción. Después de encontrar a los sobrevivientes vendrá la tarea de devolverles una vivienda, recuperar escuelas, hospitales, vías, servicios públicos, pequeños negocios y, sobre todo, devolverles esperanza a comunidades enteras.
Para eso se necesita Estado, se necesita gestión, se necesitan recursos y también se necesita solidaridad internacional. Colombia debe utilizar sus relaciones diplomáticas y sus vínculos con la comunidad internacional para conseguir cooperación, asistencia técnica, equipos especializados y todos los apoyos que sean necesarios para enfrentar esta emergencia y reconstruir las zonas devastadas, porque la tragedia colombiana también debe despertar la solidaridad del mundo.
Y en verdad hemos visto como las buenas relaciones internacionales del nuevo Gobierno permiten que otros países extiendan su mano para ayudar a nuestros compatriotas, bienvenida sea esa solidaridad.
En una tragedia no sobra ninguna mano, no sobra ningún médico, no sobra ningún rescatista, no sobra ninguna donación, no sobra ningún avión, helicóptero, ambulancia, alimento, medicamento o equipo especializado. Lo que sobra, eso sí, es el odio, sobran las peleas políticas, sobran las acusaciones apresuradas y sobran, especialmente, quienes desde la comodidad de las redes sociales encuentran tiempo para criticar absolutamente todo, mientras otros colombianos están levantando escombros buscando sobrevivientes.
A quienes hoy convierten una tragedia nacional en una oportunidad para atacar al Gobierno, habría que hacerles una pregunta sencilla: ¿Qué están haciendo ustedes para ayudar?, porque criticar es fácil, publicar una opinión desde un teléfono es fácil, señalar ministros es fácil, descalificar al Presidente es fácil. Lo difícil es entrar a una zona de desastre, lo difícil es levantar una piedra esperando encontrar una vida, lo difícil es abrazar a una madre que acaba de perder a un hijo, lo difícil es organizar una familia que se quedó sin casa, lo difícil es reconstruir un pueblo. Eso es lo que hoy importa.
La política tendrá su momento. Las elecciones llegarán. Los debates volverán. La oposición seguirá ejerciendo su legítimo derecho a controvertir. Y el Gobierno tendrá que rendir cuentas, explicar sus decisiones y responder ante los colombianos. Pero hoy no.
Hoy Colombia necesita solidaridad, hoy Colombia necesita unidad, hoy Colombia necesita oración, trabajo y Estado y desde el Huila, un departamento que conoce demasiado bien el miedo que produce un terremoto y que sabe lo que significa levantarse después de una tragedia, debemos enviar un mensaje de solidaridad a cada familia afectada.
A quienes perdieron un ser querido: no están solos, a quienes perdieron su vivienda: no están solos, a quienes hoy esperan noticias de un familiar: no están solos, a quienes lo perdieron todo: Colombia los está mirando y tiene la obligación moral de acompañarlos.
Quiero creer, además, que esta tragedia puede convertirse en una oportunidad para demostrar que Colombia todavía es capaz de ponerse de acuerdo alrededor de lo fundamental, que podemos discutir ferozmente sobre política sin dejar de abrazarnos frente al dolor, que podemos tener diferencias ideológicas sin convertir al adversario en enemigo, que podemos fiscalizar al Gobierno sin sabotear la respuesta institucional y que podemos defender nuestras convicciones políticas sin olvidar que, antes que militantes, somos colombianos.
Hoy quiero reconocer al Presidente y a su equipo de Gobierno por asumir esta emergencia de frente, por acercarse a los territorios y por colocar a las víctimas en el centro de la respuesta. Eso es lo que esperaba Colombia de su nuevo Gobierno: presencia, determinación y humanidad.
Ahora vendrá la parte más difícil: cumplir. Cumplirle a cada familia damnificada, cumplirle a cada municipio afectado, cumplirle a cada sobreviviente, reconstruir lo destruido y hacerlo con transparencia, rapidez y sin corrupción porque el verdadero éxito de esta respuesta no se medirá por el número de discursos pronunciados durante la emergencia, sino por cuántas vidas se salvaron, cuántas familias fueron atendidas y cuántos hogares volvieron a levantarse.
Que Dios acompañe a Colombia en estas horas de dolor, que dé fortaleza a quienes perdieron a sus seres queridos, que ilumine a nuestros rescatistas, médicos, soldados, policías, bomberos, voluntarios y servidores públicos que hoy trabajan sin descanso y que esta tragedia nos recuerde una verdad que a veces olvidamos: cuando la tierra tiembla, las diferencias políticas pueden esperar; pero la solidaridad no.
Hoy Colombia necesita manos que ayuden, corazones que acompañen y un Estado que responda. Y eso es, precisamente, lo que debemos exigir: que nadie quede atrás.
