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Lo que queda cuando todo tiembla

Por: Faiver Eduardo Hoyos Pérez

Opinión

En días pasados, la historia de Colombia cambió de ritmo en cuestión de segundos, por causa de un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, el cual sacudió buena parte del país y dejó centenares de vidas humanas y animales perdidas, además de dolor, daños económicos y miedo. La fuerza del evento fue tal, que el Servicio Geológico Colombiano lo calificó como el sismo de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.

No quiero escribir estas líneas para buscar culpables ni para convertir el dolor en una pelea política, como lamentablemente lo han hecho algunos que, desde las redes sociales, han preferido la confrontación antes que el respeto por el dolor ajeno. Quiero escribirlas porque, después de ver los edificios en el suelo, a rescatistas removiendo los escombros y familias unidas esperando una noticia, no podemos seguir viviendo como si tuviéramos la vida comprada.

Nos levantamos pensando que habrá otra mañana, otro almuerzo en familia, otra llamada, otro abrazo. A veces dejamos para después un “te quiero”, una visita, una disculpa o una conversación pendiente. Nos enojamos por asuntos que, frente a la fragilidad de la vida, se vuelven pequeños. Lastimosamente, debe ser el movimiento de la tierra durante unos largos segundos el que nos recuerde, de la manera más dura, que hoy estamos aquí y mañana nadie lo sabe.

Sin embargo, estoy seguro de que incluso entre los escombros aparece una razón para creer. La he visto en los brazos de los rescatistas, en quienes donan sangre, en el vecino que comparte agua, en el desconocido que ayuda a levantar una piedra y en las familias que, aun atravesadas por el miedo, siguen esperando una buena noticia.

Por eso no quisiera que esta tragedia nos deje solo cifras, quisiera que también nos dejará la enseñanza de amar mientras podemos, de llamar a nuestros padres, abrazar a nuestros hijos, o buscar a ese amigo al que llevamos meses prometiéndole un café. Hay que perdonar cuando sea posible, decir lo que sentimos antes de que sea tarde, valorar la casa, la mesa, la salud y esa rutina que tantas veces llamamos aburrida, porque para miles de colombianos hoy volver a la rutina sería un privilegio.

Al presidente Abelardo de la Espriella le correspondió enfrentar esta tragedia apenas comenzaba su mandato. No es momento de banderas partidistas, ni de ataques sin sentido; es momento de que el Estado muestre humanidad, capacidad y presencia; de que el liderazgo se mida en las vidas protegidas, familias atendidas y comunidades acompañadas.

Mi solidaridad está con cada familia y cada comunidad golpeada por este terremoto, aún Colombia vive horas de incertidumbre, pero también tiene una oportunidad de reconocerse en el otro. Hoy necesitamos tender la mano, acompañar al que perdió y abrazar más fuerte al que todavía tenemos cerca. Porque la tierra puede recordarnos en segundos lo que solemos olvidar durante años y es que la vida no es eterna y frente al dolor, ningún colombiano debería sentirse solo.

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