Por: Carlos Ernesto Álvarez Ospina
Opinión
Hay momentos en la historia de un país en los que la naturaleza parece obligarnos a detenernos, mirar alrededor y preguntarnos qué estamos haciendo mal y, sobre todo, qué podemos hacer mejor. El terremoto que sacudió a Colombia y que dejó una profunda huella en departamentos como Chocó, Valle del Cauca, Risaralda, Quindío y otras regiones del país es, sin duda, uno de esos momentos. Hay dolor, pérdidas materiales, familias afectadas y comunidades enteras enfrentando una emergencia que nadie había previsto. Sería irresponsable desconocer esa realidad. Pero también sería un error permitir que la tragedia sea lo único que quede de esta historia.
Porque después de rescatar, atender y acompañar a quienes hoy lo necesitan, Colombia tendrá que enfrentar una segunda etapa: la reconstrucción. Y esa reconstrucción no debería limitarse a levantar nuevamente aquello que se cayó. Debería ser la oportunidad para construir un país más moderno, más preparado y, especialmente, más justo con las regiones que durante décadas han reclamado mayor presencia del Estado.
Chocó representa quizá uno de los mayores desafíos. Una región que históricamente ha enfrentado enormes dificultades en materia de infraestructura, conectividad y oportunidades no puede recibir como respuesta simplemente la reposición de lo perdido. Si vamos a reconstruir, hagámoslo de verdad. Que cada vivienda recuperada tenga mejores condiciones, que cada escuela sea una oportunidad para transformar la vida de cientos de niños, que cada infraestructura pública sea diseñada pensando no solamente en resistir el próximo terremoto, sino también en cerrar las brechas que históricamente han separado al Chocó del resto de Colombia.
Lo mismo debería ocurrir en Cali, Pereira, Armenia y en cada municipio afectado. La emergencia puede convertirse en una gran operación nacional de infraestructura que movilice recursos, empresas, trabajadores, ingenieros, arquitectos, universidades y comunidades. Una reconstrucción bien planeada puede significar miles de empleos, recuperación económica y nuevas oportunidades para sectores que hoy también están golpeados por la incertidumbre. El Estado debe liderar, pero no puede hacerlo solo. La empresa privada, las organizaciones sociales y las propias comunidades tienen que ser protagonistas.
Colombia ya vivió algo parecido. El terremoto del Eje Cafetero de 1999 dejó una de las mayores tragedias de nuestra historia reciente, pero también dio origen a un proceso de reconstrucción que permitió recuperar municipios enteros y transformar buena parte de su infraestructura. Aquella experiencia dejó aciertos, errores y aprendizajes que hoy deberíamos aprovechar. La pregunta no es si Colombia tiene capacidad para reconstruirse; ya demostró que la tiene. La pregunta es si esta vez tendremos la visión suficiente para reconstruir mejor.
Y allí aparece uno de los grandes retos: evitar que la emergencia se convierta en una oportunidad para la corrupción. Cada peso público destinado a la reconstrucción debe poder ser vigilado por los ciudadanos. Cada contrato debe tener transparencia. Cada obra debe responder a criterios técnicos y no a intereses políticos. En una tragedia de esta magnitud no puede haber espacio para contratistas de papel, obras innecesarias ni burocracia disfrazada de ayuda humanitaria. Si vamos a convertir esta crisis en una oportunidad, debemos hacerlo con absoluta responsabilidad.
Pero existe otra reconstrucción que Colombia necesita y que no depende de cemento, ladrillos ni maquinaria: la reconstrucción de la confianza.
En los últimos años hemos aprendido a dividirnos por casi todo. Nos hemos acostumbrado a mirar primero el color político de quien propone una solución antes de evaluar si esa solución realmente sirve. Sin embargo, frente a una emergencia como esta, las diferencias deberían pasar a un segundo plano. Hoy una familia damnificada no necesita saber de qué partido es quien llega a ayudarla. Necesita una mano. Una comunidad que perdió su vivienda no necesita discursos ideológicos. Necesita un techo. Un hospital afectado necesita recursos y capacidad de respuesta, no una pelea política.
La tragedia nos recuerda algo elemental que a veces olvidamos: antes que cualquier diferencia, somos un mismo país.
También debería obligarnos a tomarnos mucho más en serio la prevención. Colombia está ubicada en una zona de alta actividad sísmica y no podemos depender únicamente de nuestra capacidad para reaccionar después de una emergencia. Tenemos que revisar edificaciones, fortalecer los sistemas de alerta, mejorar los protocolos de evacuación, preparar a las comunidades y garantizar que la infraestructura pública cumpla los más altos estándares de seguridad. Prevenir no genera titulares, pero puede salvar muchas más vidas que cualquier operación de rescate.
Por eso creo que Colombia debe mirar esta tragedia con dolor, pero también con determinación. No se trata de romantizar el desastre ni de buscarle un lado positivo a la pérdida de vidas humanas. No hay nada positivo en una familia que pierde a uno de sus integrantes o en una comunidad que ve desaparecer aquello que construyó durante años. El lado positivo está en lo que nosotros decidamos hacer después.
Podemos reconstruir exactamente lo que teníamos y esperar a que una próxima emergencia vuelva a mostrarnos nuestras debilidades. O podemos aprovechar este momento para corregir, modernizar y transformar.
Podemos volver a levantar las mismas paredes o construir viviendas más seguras. Podemos reparar las mismas vías o aprovechar para mejorar la conectividad regional. Podemos reconstruir escuelas o convertirlas en espacios educativos dignos y modernos. Podemos recuperar hospitales o fortalecer de una vez por todas nuestra capacidad de atención en las regiones. Podemos gastar recursos para salir de la emergencia o invertirlos estratégicamente para crear nuevas oportunidades.
Colombia no escogió este terremoto. Pero sí puede escoger qué país construye después de él. Y quizá esa sea la gran responsabilidad que tenemos ahora. Que cuando dentro de algunos años volvamos la mirada hacia este momento, no recordemos únicamente la fecha de una tragedia, sino el comienzo de una transformación.
Que Chocó haya recibido no solamente ayuda, sino oportunidades. Que Cali haya salido fortalecida. Que Pereira y Armenia hayan encontrado en la reconstrucción una posibilidad de modernización. Que las comunidades afectadas hayan sentido que Colombia estuvo presente y que el Estado no las abandonó cuando las cámaras dejaron de grabar.
Porque reconstruir no significa simplemente volver a poner de pie lo que se cayó.
Reconstruir significa aprender de lo que pasó, corregir lo que estaba mal y tener el valor de construir algo mejor. Colombia está herida, sí. Pero sigue de pie. Y ahora nos corresponde demostrar de qué estamos hechos.