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La IA también tiene canas

Por: Edwin Renier Valencia Rodríguez

Opinión

Mientras el mundo habla de inteligencia artificial pensando en jóvenes, programadores y grandes empresas tecnológicas, una realidad silenciosa empieza a aparecer: las generaciones mayores también están entrando a la era de la IA. Y mucho más rápido de lo que muchos creen.

Un reciente estudio de EY Global revela que millones de adultos mayores ya están utilizando herramientas de inteligencia artificial para aprender, resolver tareas diarias, buscar información médica, organizar viajes e incluso combatir la soledad.

El dato rompe un mito importante: el problema no es que los adultos mayores rechacen la tecnología; el verdadero problema es que muchas veces nadie se las explica de forma sencilla. Y aquí vale la pena aterrizar la conversación a nuestra realidad local.

En ciudades intermedias como Neiva, todavía vemos una enorme brecha digital. Mientras muchos jóvenes utilizan herramientas como ChatGPT para estudiar, crear contenido o trabajar, miles de adultos mayores apenas están aprendiendo a manejar aplicaciones bancarias o servicios virtuales de salud. Pero algo interesante está pasando.

Cada vez es más común ver abuelos aprendiendo a usar WhatsApp para hablar con sus familias, agricultores consultando videos en YouTube para mejorar cultivos o comerciantes utilizando asistentes virtuales para redactar mensajes y organizar cuentas. Sin llamarlo “inteligencia artificial”, ya están conviviendo con ella.

El estudio de EY encontró que muchos adultos mayores usan IA principalmente para aprender, resolver dudas de salud y facilitar tareas cotidianas. También reveló algo clave: la mayoría quiere aprender más, pero necesita acompañamiento claro y humano.

Eso debería prender alarmas en gobiernos, universidades y empresas.

Porque si no incluimos a las generaciones mayores en esta transformación tecnológica, podríamos crear una nueva forma de exclusión: la exclusión digital por edad. Y eso tiene consecuencias reales.

Imaginemos a un adulto mayor intentando sacar una cita médica en una plataforma automatizada que no entiende. O un pequeño comerciante que pierde competitividad porque no sabe usar herramientas digitales básicas. O incluso empresarios tradicionales que siguen tomando decisiones “a la antigua” mientras el mercado ya cambió.

La inteligencia artificial no solo está transformando empleos; está transformando la forma en que vivimos, aprendemos y nos relacionamos.

Y aquí aparece otra realidad incómoda: en muchos hogares, los hijos entienden más de IA que sus propios padres… y en algunas empresas, los empleados jóvenes entienden más tecnología que quienes toman las decisiones.

El desafío ya no es tecnológico. Es cultural. El mundo avanza hacia una economía donde la productividad dependerá cada vez más de la capacidad de adaptarse rápidamente. Y eso incluye a todos: jóvenes, empresarios, trabajadores y adultos mayores.

Pero también debemos tener cuidado. La IA no puede convertirse en una herramienta que reemplace completamente lo humano. El mismo estudio refleja preocupaciones válidas sobre privacidad, dependencia tecnológica y pérdida de interacción social.

Por eso el reto no es simplemente digitalizarlo todo. El reto es construir una transición inteligente, humana e incluyente. Tal vez la verdadera discusión no es si la inteligencia artificial va a cambiar el mundo. Eso ya está ocurriendo.

La verdadera pregunta es: ¿quiénes van a quedarse atrás? Porque una sociedad moderna no se mide únicamente por la velocidad con la que adopta tecnología, sino por su capacidad de llevar a toda su gente hacia el futuro. ¿Qué opinas? #UnCaféConValencia

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