Opinión
Por: Manuel Córdoba
Pasaron las elecciones presidenciales y el electorado Huilense habló con claridad en las urnas: la balanza se inclinó ampliamente hacia la propuesta de Abelardo de la Espriella. Como es habitual, en las redes sociales y en las charlas de café las opiniones van de un extremo a otro. Muchos, se lamentan y reviven esa vieja idea platónica de que el pueblo vota impulsado por la emoción del momento y no por la razón.
Sin embargo, para entender esta decisión ciudadana trascendental, debemos ir más allá de las propuestas y comprender que en realidad, las candidaturas presidenciales actualmente son el resultado de un sistema marcado por la violencia estructural y principalmente por el consumismo de masas.
Hoy, la política se consume como cualquier otro producto en redes sociales, y las campañas son un reflejo de ello. Abelardo de la Espriella entendió a la perfección cómo manejar el show mediático. Supo moverse en el ecosistema digital, apeló a las emociones más primarias con discursos fuertes y no dudó en subirse a la tarima a bailar, presentándose casi como un artista en concierto. Por su parte, Iván Cepeda presentó propuestas menos emotivas, mostrando calma, tranquilidad y serenidad. Su apuesta fue más racional que pasional. Sin embargo, en la política contemporánea, lo puramente racional a menudo choca con la urgencia de la realidad; la narrativa de Cepeda no logró la fuerza necesaria ni el impacto en las tendencias de las redes sociales y dejo dudas sobre la seguridad que en esta coyuntura fue la llama que avivó la emoción.
Ese contraste entre la razón técnica y la emoción mediática tuvo su prueba de fuego en el territorio. Un ejemplo de ello fue cuando Cepeda visitó Pitalito, su discurso sobre la seguridad no fue vehemente; aunque su visión institucional era genuina, esa falta de dureza emocional le costó caro frente a un electorado asustado. En la otra orilla, De la Espriella jugó sus cartas magistralmente en el sur del departamento: habló de seguridad, defendió la autoridad y logró tocar las fibras más íntimas de la región al nombrar, uno a uno, los municipios del departamento, desde Algeciras hasta Yaguará.
Sin embargo, señalar al electorado sencillamente de “irracional” por dejarse seducir por este despliegue emocional es un lujo de quienes no viven el conflicto en carne propia. El Huila es un departamento con cerca de un 40.3% de población rural, y es allí donde el “espectáculo” de la seguridad conecta con un dolor real. El 2025 nos dejó un saldo sumamente complejo: asesinato de ciudadanos y líderes de Juntas de Acción Comunal en diferentes municipios, secuestros, extorsiones constantes, ataques a entidades financieras y una percepción ciudadana de desorden e inseguridad al más alto nivel.
Ese voto masivo fue un termómetro del miedo. Es la expresión de comunidades que vivieron de cerca el drama del reclutamiento de menores con al menos 26 casos reportados por la ONU en el último año, y la angustia de las familias en La Plata que vieron a más de 1.500 estudiantes regresar a la virtualidad porque las escuelas, amenazadas, dejaron de ser entornos seguros.
La Pirámide de Maslow nos recuerda que la seguridad es una necesidad humana básica, previa a cualquier debate intelectual. Es comprensible que una región azotada por la violencia, que incluso llegó a ser usada como escudo humano en medio de los combates, a veces no logre priorizar la lectura de un plan de gobierno bien estructurado; vota buscando sobrevivir y conecta con quien prometa orden. Pero también es comprensible y válido el temor de quienes, desde la serenidad de la razón, advierten que las salidas de pura fuerza pueden repetir los ciclos de dolor del pasado. Ambos sentires son profundamente humanos.
Las elecciones presidenciales dejan un saldo de casi trece millones de colombianos alineados en cada una de las orillas ideológicas que ahora dominan el espectro político colombiano, la izquierda y la derecha -si se quiere extremas-. Ese balance en el Huila es de cerca de trescientos ochenta mil ciudadanos por un lado y doscientos treinta mil por el otro.
Al margen de lo estadístico, no podemos olvidar que detrás de cada numero hay seres humamos, con emociones, razones, y proyectos de vida que hacen imperativo preguntarnos si como individuos que hacemos parte de un colectivo social: ¿Tenemos la capacidad de aprender a respetarnos y convivir pacíficamente en medio de nuestras diferencias? La respuesta a esta cuestión depende en buena medida de como maniobre el presidente Abelardo y su gobierno, que sin descuidar el gran dolor nacional de falta de seguridad, deberá dar la pauta conductual de lo que debe seguir la sociedad: unión o más polarización. Ya veremos!
