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Un tal Olave

Por: Jorge García Quiroga

Opinión

Hace unos días, mientras recorría las calles de Neiva en un taxi, pasamos frente a una de las construcciones asociadas a Olave Tower y le pregunté al conductor de quién era esa obra. Me respondió con naturalidad: “De un tal Olave”. La expresión me llamó la atención y quizá por eso nace este título.

Felipe Olave es un empresario huilense con quien nunca he tenido la oportunidad de compartir personalmente ni de coincidir en algún escenario. Lo que conozco sobre él ha llegado por referencias de un familiar suyo, quien es gran amigo mío, además de lo que he visto en redes sociales y diferentes medios de comunicación. Pero más allá de la persona y de cualquier apreciación individual, hay algo que considero interesante para una reflexión pública: la decisión de regresar al Huila e invertir nuevamente en su tierra.

Vivimos tiempos donde muchos sueñan con irse y pocos con volver. En una época donde el éxito suele asociarse con construir la vida lejos de los lugares de origen, resulta llamativo observar casos de personas que toman el camino contrario. Personas que, después de construir experiencias empresariales y recorrer diferentes lugares del mundo, deciden regresar para sembrar nuevamente en el lugar donde comenzaron.

Por eso resulta interesante observar el caso de alguien que decide volver a apostarle a Neiva y al Huila con una idea que parece ir más allá de un negocio. Existe una visión alrededor de recuperar una relación histórica que Neiva parece haber perdido con el paso del tiempo: la relación con el río Magdalena. Durante muchos años los ríos fueron el corazón de las ciudades; alrededor de ellos nacían el comercio, la cultura y gran parte de la vida social.

Los proyectos grandes siempre generan división. Unos ven oportunidades y otros riesgos; unos hablan de desarrollo y otros de impactos ambientales; unos imaginan una ciudad distinta y otros prefieren la cautela. Y está bien que sea así. Las ciudades que crecen deben debatirse, cuestionarse y exigir estudios rigurosos. Ninguna inversión importante puede avanzar únicamente con entusiasmo o discursos. La ciencia, la planificación y el respeto por el entorno deben marcar el camino.

Pero también existe una realidad que a veces olvidamos: el desarrollo no llega solo. Detrás de los territorios que avanzan existen personas dispuestas a arriesgar capital, tiempo y reputación apostándole a un futuro distinto. Y también vale la pena reconocer algo evidente: los empresarios e inversionistas no toman decisiones únicamente por romanticismo o por amor a una tierra; invierten esperando proyectos viables y sostenibles. Esa es la lógica natural de cualquier actividad empresarial. Sin embargo, existe una diferencia entre invertir en cualquier lugar y hacerlo donde están las raíces y el sentido de pertenencia.

Más allá de si algunos proyectos terminan ejecutándose exactamente como fueron concebidos, hay algo valioso en el fondo: creer que Neiva y el Huila merecen pensar en grande.

Ojalá nuestra región tenga más personas dispuestas a creer, invertir, generar empleo y construir oportunidades. Porque al final, los territorios crecen cuando sus propios hijos deciden sembrar donde nacieron.

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