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Entre caudillos y marionetas: la razón por la que mi voto es por ‘El Tigre’ sin cadenas

Por: Franky Vega Murcia

Opinión

La coherencia en política se demuestra con actos, no con discursos cargados de ideología caduca. Por eso, he manifestado públicamente mi decisión inquebrantable de votar por Abelardo de la Espriella. Mi voto no es un cheque en blanco; es un respaldo a la independencia real y un rechazo frontal a dos figuras que representan los extremos del sometimiento político en Colombia: Iván Cepeda y Paloma Valencia. Con ellos no hay futuro, solo la perpetuación de un pasado de jefes políticos y maquinarias.

Desafortunadamente, en nuestro país nos hemos vuelto una sociedad esclava de los extremos ideológicos y políticos. La narrativa pública nos obliga a una falsa dicotomía: o estás de acuerdo con la izquierda radical o te alineas con la derecha pura. En este escenario de polarización ciega, los políticos de centro están condenados al fracaso; carecen por completo de la posibilidad de alcanzar el poder presidencial. Los problemas históricos de inseguridad, las crisis económicas, los déficits fiscales y los debates profundos sobre el modelo de Estado en los que se mueve el país, jamás han permitido —en estos 215 años de historia republicana— que el centro se acerque verdaderamente a la Casa de Nariño. Las crisis complejas demandan caracteres firmes, y el tibio discurso del centro se disuelve ante las realidades del país.

Esta elección no es la excepción a la regla histórica. En esta oportunidad volvemos a debatirnos entre dos extremos desgastantes. Por un lado, la izquierda en cabeza de Iván Cepeda y su titiritero, el presidente Gustavo Petro; por el otro, Paloma Valencia y su autoproclamado “papá” político, Álvaro Uribe. Son dos candidatos que carecen de independencia para la toma de decisiones. Colombia necesita líderes autónomos, no delegados que consulten cada decisión con sus mentores. El primero propone como gran hazaña apenas se posesione hacerle un homenaje a su jefe político, mientras la segunda anuncia a los cuatro vientos su subordinación familiar al uribismo. Son las dos caras de la misma moneda: la dependencia absoluta para el éxito electoral.

Pero en medio de este choque de trenes ideológicos, emergió una figura completamente nueva, empresarial y disruptiva: un outsider. Abelardo de la Espriella ha logrado penetrar las fibras y las emociones más profundas del pueblo, rompiendo el monopolio de la política tradicional y ubicándose en una posición de indudable privilegio electoral. “El Tigre” ha demostrado una independencia económica y política incontestable, financiando su campaña con sus propios recursos y haciendo alianzas directamente con los ciudadanos, no con las maquinarias corruptas que desangran al Estado. Mientras los otros buscan la bendición y el oxígeno de sus padrinos, De la Espriella camina sin cadenas.

El peligro del extremo que representa la izquierda se agrava cuando analizamos su obsesión con una Asamblea Nacional Constituyente. Cepeda se la juega por este camino en varios escenarios, siguiendo el guion de su jefe. Es necesario refrescar la memoria colectiva: Gustavo Petro prometió en campaña, bajo gravedad de juramento, que no haría un cambio constitucional. Sin embargo, no había completado los dos años de gobierno cuando ya estaba proponiendo una constituyente, bajo la excusa de que la Carta Política actual “no le deja hacer los cambios”.

Esa narrativa victimista es una mentira flagrante que los hechos desmienten. El Congreso de la República no ha bloqueado al Gobierno; al contrario, le ha aprobado casi la totalidad de sus proyectos. La lista de reformas entregadas al petrismo es extensa: el Plan Nacional de Desarrollo “Colombia Potencia Mundial de la Vida”, la primera reforma tributaria, la creación del Ministerio de la Igualdad, la Ley de Paz Total, la reforma de la salud (en sus debates clave), la reforma laboral, la reforma pensional aprobada dos veces, la creación de la jurisdicción agraria y rural, la reforma sobre el campesinado como sujeto de derechos, la reforma al Sistema General de Participaciones, la prohibición de las corridas de toros y la reforma a la Ley 30. Incluso las instituciones clave han sido copadas, con magistrados de la Corte Constitucional, Defensora del Pueblo y Fiscalía alineadas con el Ejecutivo. En verdad, el Congreso solo le frenó la reforma a la salud inicial y una segunda reforma tributaria que pretendía asfixiar aún más el bolsillo de los colombianos.

La propuesta de una constituyente no nace de una imposibilidad de gobernar, sino de un capricho autoritario para perpetuar un modelo fracasado. Votar por Iván Cepeda o por Paloma Valencia es elegir el continuismo de los hilos que mueven los extremos tradicionales. Votar por Abelardo de la Espriella es apostar por el carácter de un líder que no le debe nada a las maquinarias, que entiende el lenguaje del éxito y la economía, y que representa la única ruptura real contra la sumisión política en Colombia.