inicioOpiniónLa última pataleta del inquilino atornillado

La última pataleta del inquilino atornillado

Por: Franky Vega Murcia

Opinión

Colombia asiste a un espectáculo tan bochornoso como peligroso. El presidente saliente, Gustavo Petro, atrapado en su propio laberinto retórico, ha decidido emprender una guerra frontal contra la realidad, las instituciones y la voluntad popular. El pasado 21 de junio, el país acudió masivamente a las urnas para elegir un nuevo rumbo. Las autoridades electorales —con el aval del Consejo Nacional Electoral (CNE)— entregaron las credenciales legítimas a Abelardo de la Espriella. A pesar del veredicto incuestionable de los ciudadanos, el inquilino de la Casa de Nariño parece haber olvidado sus constantes promesas de respeto a la soberanía del pueblo.

La desfachatez ha alcanzado niveles inéditos. En una andanada de publicaciones en la red social X, Petro ha cruzado una línea roja institucional al desconocer el preconteo y los resultados definitivos. Afirmó sin sonrojarse que “quien ganó las elecciones por voto popular fue Iván Cepeda”. El mandatario recurre a teorías de conspiración informática. Culpa a supuestos “algoritmos de California e inteligencia israelí”. Asegura en su cuenta oficial que “el nuevo presidente de Colombia es Iván Cepeda Castro”. Qué ironía de la historia: aquel que construyó su carrera política quejándose del fantasma del fraude, hoy se convierte en el principal artífice de una farsa destinada a socavar la legitimidad del sistema.

Petro siempre insistió públicamente en que no le gustaba la frialdad de la Casa de Nariño. Pese a esto, sus recientes actuaciones reflejan una dramática adicción al poder. El intento sutil de desatar un golpe de Estado digital o institucional no es más que la pataleta de quien se resiste a empacar sus maletas. Afortunadamente, el presidente saliente calculó mal. Colombia no es una república bananera lista para arrodillarse ante los caprichos de un líder mesiánico. Ni las Fuerzas Militares, firmes en su mandato constitucional, ni la sociedad civil organizada, están dispuestas a respaldar aventuras autoritarias para prolongar un mandato extinto.

En medio de este torbellino, la figura del excandidato Iván Cepeda ha quedado profundamente desdibujada. Cepeda, quien inicialmente mostró un destello de madurez democrática al reconocer oficialmente la derrota frente a De la Espriella, terminó cediendo a las presiones de su jefe político. Al cambiar sus versiones y alinearse con la narrativa del fraude, Cepeda ha dejado de verse como un líder con carácter propio. Ha pasado a actuar como el ventrílocuo de los deseos del presidente. Esta lamentable metamorfosis lo reduce a un peón sacrificable en el tablero del petrismo. Pierde así la oportunidad de consolidar una oposición seria, constructiva y respetuosa de la ley.

La última maniobra de esta estrategia de distracción ha sido el colapso del proceso de transición. El presidente electo, Abelardo de la Espriella, se vio obligado a suspender las mesas de trabajo de empalme. Calificó la postura oficialista como una “excusa para incendiar el país”. Esta parálisis en el traslado de la administración parece ser una gigantesca cortina de humo. Busca ocultar las múltiples irregularidades, vacíos fiscales y contratos de última hora que el gobierno saliente no quiere que salgan a la luz pública. Saboteando el empalme, buscan dilatar la rendición de cuentas ante la ciudadanía.

La democracia no se negocia ni se hereda por decreto digital. El mandato popular ya fue otorgado y las instituciones se respetan. Gustavo Petro tiene el deber constitucional de entregar el poder el próximo 7 de agosto, le guste o no. Intentar atornillarse mediante el caos y el desconocimiento de las urnas solo logrará que la historia lo recuerde no como el reformador que prometió ser, sino como un autócrata incapaz de aceptar la voluntad soberana del pueblo colombiano.