Por: Ana María Rincón Herrera
Opinión
Los ataques del general (r) Óscar Naranjo contra Abelardo de la Espriella no son un simple desacuerdo político. Son el reflejo de algo más profundo: el temor de ciertos sectores a una voz que no controlan y a un liderazgo que no les debe nada.
Abelardo no viene a pedir permiso. Viene a decir lo que muchos colombianos sienten y durante años no han podido expresar. Por eso incomoda. Por eso lo atacan.
Aquí no está en juego solo un nombre. Está en juego el derecho a pensar distinto sin ser descalificado por quienes durante décadas se creyeron dueños de la verdad y de la autoridad moral.
Naranjo podrá tener trayectoria, pero eso no le da el derecho de intentar silenciar o desacreditar a quien representa una alternativa real para el país.
A Abelardo no hay que defenderlo: se defiende solo, con carácter y con claridad. Pero sí hay que defender algo más grande: que en Colombia nadie sea atacado por atreverse a romper el modelo.
El ataque del general (r) Óscar Naranjo contra Abelardo de la Espriella no es un hecho aislado ni una simple diferencia de opiniones. Es, más bien, una señal clara de algo más profundo: el miedo que empieza a generar una candidatura que no se somete, que no negocia principios y que incomoda a quienes durante años han detentado el poder desde distintos frentes.
Cuando figuras del establecimiento salen a descalificar con tanta vehemencia, no lo hacen por casualidad. Lo hacen porque perciben una amenaza real. Y Abelardo de la Espriella, con su discurso frontal, sin matices complacientes y con una narrativa de autoridad y orden, representa precisamente eso: un quiebre frente a la política tradicional que muchos han defendido o tolerado.
El general Naranjo, con su trayectoria respetable en el ámbito de la seguridad, conoce bien lo que significa el control del Estado y el manejo del poder. Por eso resulta llamativo que, en lugar de propiciar un debate de ideas, recurra a señalamientos que parecen más orientados a desacreditar que a construir. Cuando el debate se baja a ese nivel, es legítimo preguntarse si lo que está en juego no es el país, sino los espacios de influencia que algunos no están dispuestos a perder.
Abelardo no es un candidato cómodo. No lo es para las élites tradicionales, no lo es para los sectores que han vivido de la ambigüedad política, ni para quienes han encontrado en la tibieza una forma de supervivencia. Su estilo confrontacional genera resistencia, claro está, pero también despierta un respaldo creciente entre ciudadanos que sienten que Colombia necesita decisiones firmes y liderazgo sin concesiones.
Decir que el temor es infundado sería ingenuo. Lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario: hay sectores que empiezan a ver en esta candidatura una posibilidad real de cambio en las reglas del juego. Y cuando eso sucede, las reacciones no suelen ser mesuradas.
Sin embargo, más allá de los ataques personales, lo que el país necesita es un debate serio. Colombia no gana nada con descalificaciones cruzadas. Gana cuando se contrastan visiones, cuando se exponen propuestas y cuando se respeta la inteligencia de los ciudadanos.
Si el general Naranjo tiene reparos frente a Abelardo de la Espriella, el escenario natural para expresarlos debería ser el de las ideas, no el de la insinuación o el señalamiento. Porque al final, serán los colombianos quienes decidan, y lo harán no a partir del miedo que unos intentan infundir, sino de la convicción que les generen las propuestas en juego.
