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La democracia a prueba: Pluralidad frente a la polarización

Porn: Manuel Córdoba

Opinión

El pasado domingo, Colombia vivió una jornada electoral que nos invita a una profunda reflexión sobre nuestro devenir colectivo. Más de 23,9 millones de ciudadanos acudieron a las urnas, marcando una participación del 57,88%. Los resultados nacionales mostraron un país dividido en dos grandes visiones: una liderada por Abelardo de la Espriella, con el 43,74% de los sufragios, y otra por Iván Cepeda Castro, con el 40,90%. En nuestro departamento del Huila, este panorama también se reflejó de manera contundente, donde la opción de De la Espriella alcanzó el 54,24% frente al 32,20% de Cepeda. Más que cifras frías, estos datos evidencian una marcada polarización ciudadana; un escenario propicio para repensar el sentido de nuestra vida en sociedad, el respeto por el disenso y la vital importancia de nuestras estructuras gubernamentales.

Para comprender la magnitud de este fenómeno, es ineludible volver a la cuna del pensamiento occidental. Los griegos acuñaron el término “democracia” fundiendo demos (pueblo) y kratos (poder o gobierno). Sin embargo, este concepto no estuvo exento de agudas críticas desde sus inicios. En su obra La República, Platón miraba con profundo recelo el gobierno de la mayoría, temiendo que la sociedad se fracturara irremediablemente por las pasiones desbordadas de la multitud. Para este filósofo griego, una sociedad altamente polarizada corría el riesgo inminente de degenerar en demagogia o tiranía, sugiriendo que el poder debía recaer exclusivamente en una élite de filósofos para evitar el caos del enfrentamiento constante.

Hoy, ante un mapa electoral teñido por contrastes tan marcados entre los sectores y modelos de país que representan figuras como Cepeda y De la Espriella, es válido poner en cuestión ese pesimismo del pensador Platón. El antídoto frente al temor de la fractura social no es la supresión de las diferencias ni una visión única de la realidad. En este contexto, la pensadora alemana Hannah Arendt plantea que la política no es la imposición de una verdad absoluta, sino que nace precisamente de esa relación entre los individuos; surge de nuestra inevitable condición de pluralidad. No obstante, la polarización extrema nos plantea un desafío crítico: cuando la diferencia se transforma en enemistad visceral, esa relación entre individuos se rompe. La polarización aguda anula el diálogo y convierte al contradictor legítimo en un enemigo a destruir, silenciando así el verdadero ejercicio político.

Para que esta vigorosa pluralidad no desemboque en el desorden paralizante que aterraba a Platón, y para que la polarización no destruya el tejido social, existe un puente indispensable: la solidez de las instituciones democráticas, puesto que son el canal por donde transitan nuestras inevitables diferencias. Son las reglas de juego encargadas de garantizar que el poder del pueblo no se convierta en una imposición asfixiante de una mitad sobre la otra, sino que se transforme en cohesión, políticas públicas efectivas y progreso equitativo. Sin instituciones fuertes, neutrales y respetables, la polarización nos dispersa y nos estanca; con ellas, la diversidad de visiones se convierte en el motor necesario para un debate constructivo.

El verdadero reto para el Huila y para Colombia, está en trascender la trampa de la polarización. Esta división encuentra su antídoto en el momento exacto en que dejamos de ver a quien piensa distinto como un rival a vencer, y lo reconocemos como un ciudadano indispensable para el desarrollo de nuestro territorio. En definitiva, la democracia nos exige, día a día, tender puentes sobre nuestras diferencias, fortalecer la confianza en nuestras instituciones y demostrar que la verdadera grandeza de nuestra sociedad radica en la capacidad inquebrantable de forjar un futuro compartido.

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